Ojo con lo que soñás

En los tiempos de ilegalidad, mis primeros intentos como cultivador fueron un fracaso absoluto; no sabía a quién preguntar o, tarea aún más difícil, en quién creer.

Pensé que sería sencillo: tirar una semilla, ponerle agua, y tá. Pero no, ni cerca.

Vivía en un apartamento de la Ciudad Vieja, sin posibilidades de plantar en espacio abierto. Compré uno de esos reflectores para iluminar edificios; creo que era de 400 wtts (lo más cerca que estuve de, al menos, acertar un movimiento). Mi cubículo no tenía extracción de aire: sin filtros, faltaban ventiladores; nunca me imaginé que necesitaría un controlador de humedad, o un timer; no tenía sustrato preparado, no reposaba el agua de OSE, sin dar comida, sin medir PH ni EC ni ninguna de todas esas cosas que para un cultivador uruguayo, después de estos años de legalidad, son tan obvias. Pero, eso sí, las plantas escuchaban la música de Bob Marley como si fuera una solución mágica.

Cualquiera que haya intentado autoabastecerse de tomates cherry en su balcón se podrá imaginar el tamaño de mi fracaso. Fumaba mi “paraguayo” y me sentía gateando con el pañal sucio en este ambiente cannábico, botánico y revolucionario.

Autocultivador descartado. El prefijo “auto” pegado a la palabra “cultivador” no entraba dentro de mis posibilidades semánticas. Entonces la mejor opción es un Club Cannábico, me dije, y me armé otro prensado.

Me fui a dormir soñando; hoy me despierto y mi lista de pendientes del día dice: regar cuarto de flora 1, pasar preventivo en el vegetativo, bajar clones a vasito y hacer nueva tanda, comprar sustrato, preparar melaza; contrato de alquiler que se vence, armar cuarto vegetativo 2, armar cuarto secado 2, comprar tuppers, cambiar lámparas, desinfectar Sala Madres, comprar hierros para camas de cultivo, ver tema humedad; escribir una columna, no más de 3.000 caracteres con espacios, para los amigos de la Expocannabis, entre otros.  

Además tenía tres mensajes de socios, preguntando cuándo era la próxima entrega, y uno de ellos consultaba por qué la entrega de exterior no se parece a la de interior.

¡Uff! ¡Qué fácil lo había soñado! Tres años después puedo decir cuánto distan las realidades de los sueños, cuando las expectativas están depositadas en el resultado final exclusivamente. El viaje no me lo dio el mejor cogollo: el viaje fue entender a 99 seres vivos (del mundo vegetal), entender sus distintos ciclos, necesidades, su lenguaje a través del comportamiento de sus hojas, y a 45 seres vivos (del mundo animal) que también tienen sus ciclos, necesidades, lenguaje, quejas, preguntas y dudas. Ponerme a estudiar, compartir con compañeros la experiencia, y estar seguro de lo que Sócrates dijo hace 2.500 años y que no abunda en la vidriera de egos del mundo cannábico: “Solo sé que no sé nada”. Esto es cierto siempre, y mucho más en un oficio que estuvo prohibido durante los últimos 80 años, donde el conocimiento lo tiene aquel cultivador que se siente gatear con pañales sucios.

Mucho cambió. Eso sí; en la sala de floración del club puse los dos parlantes y las plantas escuchan, por las dudas, música todo el día.

 

Por Joaquín Fonseca

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